Tras la salida de Adorni, el nuevo jefe de Gabinete asume con una premisa clara: consolidar el armado territorial de cara a 2027, mantener la tregua con Macri y evitar los roces en el riñón libertario.
El ascenso de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete desideologiza un sector clave del Gobierno y expone la necesidad oficial de contar con un armador de corte clásico. Lo que durante meses se rumoreó en los pasillos oficiales como el reemplazo inevitable ante el desgaste de Manuel Adorni, hoy es una realidad que redefine el organigrama del poder central. Lejos de la incomodidad, el exministro porteño parece haberle encontrado el pulso rápido a su nuevo despacho, percibiendo este salto como un trampolín estratégico para sus aspiraciones en la provincia de Buenos Aires.
En las filas del flamante coordinador ministerial se respira un entusiasmo medido. Quienes lo frecuentan aseguran que su anterior rol en Interior le permitía tejer acuerdos sin quedar expuesto a la pirotecnia diaria. Sin embargo, su nuevo estatus cotiza en alza. Entre sus colaboradores existe un sentimiento de revancha frente a la vieja guardia de su partido de origen: sostienen que el reconocimiento otorgado por la mesa chica libertaria —especialmente por Karina Milei— supera con creces el trato recibido en sus tiempos bajo el ala de Mauricio Macri o Horacio Rodríguez Larreta. De hecho, interpretan las recientes felicitaciones del universo amarillo como un intento por condicionar su autonomía.
El nexo híbrido y la sombra de Macri
Aunque desde el entorno presidencial no le han exigido una afiliación formal a La Libertad Avanza (LLA), cerca de Santilli admiten que no habría objeciones si el pedido llega. Por ahora, su doble identidad política es su mayor activo:
-
El rol de articulador: Funciona como el nexo perfecto para mantener aceitado el diálogo con el PRO, una tarea en la que comparte sintonía con Cristian Ritondo.
-
La mirada en la Ciudad: Desde la Casa Rosada leen que el principal desvelo de Macri no es disputar el rumbo nacional, sino blindar la Capital Federal, barajando opciones electorales que incluyan nombres puros del riñón mileísta porteño como Pilar Ramírez.
Las reglas de convivencia en el triángulo de poder
Consciente de la volatilidad del ecosistema oficialista, Santilli impuso una disciplina estricta a su equipo: neutralidad absoluta en las disputas internas. Su manual de supervivencia consiste en mantener un perfil técnico, dialogar lo justo y necesario con Santiago Caputo, y responder de forma directa a los lineamientos de Karina Milei. En el plano público, el libreto será de una lealtad total. No habrá definiciones anticipadas sobre candidaturas bonaerenses; la prioridad exclusiva es apuntalar la figura del Presidente, tender puentes con el radicalismo dialoguista y polarizar de forma directa con la gestión de Axel Kicillof.
«El verdadero desafío de Diego será gestionar las expectativas de la cúpula sin perder la fisonomía de negociador que el Gobierno necesita para destrabar la gestión», señalan fuentes parlamentarias.
La bienvenida de gobernadores de signos opuestos, como el fueguino Gustavo Melella o el santacruceño Claudio Vidal, fue leída como un buen augurio para las próximas convocatorias federales en el interior del país, donde el Ejecutivo busca exhibir músculo político, delegando la logística territorial en mandatarios aliados como Osvaldo Jaldo.
El trasfondo de la renovación
La salida definitiva de Manuel Adorni del esquema diario no estuvo exenta de ruidos internos. Voces gubernamentales ligan su desplazamiento al visto bueno de Sandra Pettovello, cuya influencia en las decisiones del Jefe de Estado se mantiene intacta.
El recambio ya muestra efectos colaterales en las segundas líneas. Durante la reciente presentación de los cuadros técnicos de LLA en el norte del país, llamó la atención la ausencia de segundas líneas históricas de la anterior estructura de comunicación, como Javier Lanari. Es el reflejo de un ciclo que el Gobierno da por cerrado en su búsqueda por «oxigenar» la gestión y profesionalizar la relación con las fuerzas políticas tradicionales.


























