Alquileres y servicios ganan peso en el presupuesto porteño, mientras las diferencias de ingresos determinan cuánto margen queda para el resto de los gastos.
La vivienda se lleva cada vez más del presupuesto
Vivir en la Ciudad de Buenos Aires no implica solamente pagar más: implica destinar una proporción creciente de los ingresos a sostener consumos básicos. Un estudio elaborado por el Consejo Económico y Social de la Ciudad de Buenos Aires (CESBA) y Fundar muestra que, entre agosto de 2013 y agosto de 2026, los precios relativos de vivienda y servicios aumentaron casi 25 puntos.
La transformación importa porque modifica la estructura del gasto familiar. Cuando un componente esencial sube más que el resto, los hogares no pueden simplemente dejar de consumirlo: deben compensar el aumento reduciendo otros gastos, postergando decisiones o utilizando ahorros. La vivienda tiene, además, una particularidad: no es un consumo fácilmente sustituible y su costo condiciona el lugar donde se trabaja, se estudia y se accede a servicios.
El alquiler como frontera del presupuesto
El dato más contundente aparece entre los hogares de menores ingresos. Para el 40% con menos recursos, el alquiler de un departamento de dos ambientes puede representar más de la mitad de los ingresos. La cifra muestra que el problema habitacional no se reduce al valor nominal de las propiedades o de los contratos: el indicador decisivo es cuánto del ingreso familiar queda comprometido después de pagar la vivienda.
La presión también debe leerse junto con el proceso de inquilinización de la Ciudad. Los hogares inquilinos representaban alrededor del 22% en 2001 y llegaron al 36,9% en 2022. El cambio supone que una porción mucho mayor de los porteños está expuesta de manera directa a la evolución del mercado locativo.
El escenario se modificó, además, con el régimen vigente para los contratos. Desde el 29 de diciembre de 2023, el DNU 70/2023 permite que las partes pacten libremente la metodología y los períodos de actualización. Esto reemplazó los esquemas obligatorios de actualización que habían regido durante etapas anteriores. El efecto concreto sobre cada inquilino depende, por lo tanto, de las condiciones pactadas en su contrato.
No todos los hogares enfrentan el mismo costo
La investigación permite evitar una lectura simplista del fenómeno. El aumento de una canasta de consumo no significa necesariamente que todos los hogares hayan sufrido el mismo deterioro. La situación habitacional es determinante: ser propietario o inquilino cambia radicalmente la estructura del presupuesto.
En los perfiles analizados por el estudio, la canasta expresada en dólares aumentó 25,2% para una persona sola propietaria, 21,5% para una pareja joven propietaria, 20% para adultos mayores propietarios y 19,4% para una familia propietaria con dos hijos. Para una pareja joven que alquila, la variación fue de 11,4%. Esas cifras no deben interpretarse como una medición directa del bienestar: el esfuerzo económico depende también de los ingresos, la composición familiar y las características de la vivienda.
La vivienda, además, compite con otros gastos esenciales. Según el análisis difundido por CESBA y Fundar, vivienda representa 18,2% del gasto de las canastas consideradas, mientras que los servicios explican 17,1%, el transporte 11,4%, la salud 8,7% y la educación 4,7%. La suma permite dimensionar hasta qué punto una modificación en los costos habitacionales puede repercutir sobre el resto del presupuesto.
Salud y educación muestran otra cara de la desigualdad
La presión sobre los hogares no termina en el alquiler. El estudio también identifica diferencias profundas en el acceso a servicios según el nivel de ingresos.
Durante 2025, el 54,5% de las personas del quintil de menores ingresos utilizó exclusivamente el sistema público de salud, frente al 3,1% del quintil de mayores ingresos. La brecha alcanza 51 puntos porcentuales. Entre los jóvenes de 25 a 34 años, además, el uso exclusivo del sistema público pasó del 19,1% en 2011 al 28,7% en 2025.
En educación también aparecen diferencias territoriales. La participación de la matrícula privada alcanza el 70,3% en la Comuna 13 y existe una brecha de 41 puntos porcentuales entre las comunas con mayor y menor presencia de ese sector. El dato no permite establecer diferencias de calidad educativa, pero sí revela una fuerte segmentación territorial vinculada con ingresos, oferta disponible, ubicación y capacidad de elección de las familias.
Una ciudad más cara también reorganiza la vida cotidiana
El costo de vida no se expresa únicamente en una planilla de gastos. Cuando vivienda, servicios y transporte absorben una proporción mayor de los ingresos, disminuyen los recursos disponibles para actividades recreativas, ahorro, educación o consumo no esencial. También se achica la capacidad de planificar mudanzas, formar un hogar o avanzar hacia la compra de una vivienda.
La investigación registra, en paralelo, cambios en el uso del tiempo. Entre 2016 y 2023 aumentó el tiempo diario destinado a internet, celular y computadora, de 27,3 a 42,5 minutos, mientras que el dedicado a televisión y videos pasó de 78,9 a 95,3 minutos. En sentido contrario, el tiempo destinado a la convivencia social cayó de 137,3 a 72,2 minutos diarios.
No sería correcto atribuir automáticamente estos cambios a la suba del costo de vida. Pero sí permiten observar que las transformaciones económicas conviven con modificaciones en las formas de habitar la ciudad y organizar la vida cotidiana.
El desafío de una ciudad cada vez más desigual
El principal aporte del estudio es mostrar que hablar de inflación o de costo de vida promedio puede ocultar diferencias decisivas. Dos familias pueden enfrentar la misma evolución general de precios y, sin embargo, tener experiencias económicas completamente distintas según sean propietarias o inquilinas, según sus ingresos y según la zona en la que vivan.
En ese escenario, el problema habitacional adquiere una dimensión que excede al mercado inmobiliario. Cuando un alquiler consume más de la mitad del ingreso de los hogares de menores recursos, cualquier aumento en expensas, servicios, transporte o alimentos puede obligar a recortar otro componente básico del presupuesto.
La discusión sobre el costo de vivir en CABA, por lo tanto, no se limita a cuánto cuesta alquilar un departamento. También involucra cuánto ingreso queda disponible después de pagar la vivienda, qué servicios puede utilizar cada familia y cuánto margen conserva para ahorrar o proyectar su futuro.
Los datos de CESBA y Fundar describen una ciudad en transformación, pero también plantean una pregunta de política pública: cómo sostener el acceso a la vivienda y a los servicios esenciales en una metrópolis donde los precios relativos se modifican y la capacidad de absorción de esos aumentos es muy diferente entre los hogares.
De la Redaccion AFEN.


























