Por Adriana Sanguinetti
La relación entre Argentina y Estados Unidos ha transitado, durante las últimas cuatro décadas, por un sendero sinuoso definido por la oscilación entre el alineamiento automático y la autonomía confrontativa. Desde la restauración democrática en 1983, Buenos Aires ha intentado redefinir su lugar en el mundo bajo lógicas que respondieron tanto a imperativos económicos de supervivencia como a construcciones ideológicas de identidad nacional. Este artículo propone un recorrido sociopolítico por los hitos que marcaron el vínculo bilateral: desde el idealismo alfonsinista y el pragmatismo de las «relaciones carnales» de los noventa, pasando por la retórica de la soberanía del kirchnerismo y el breve interregno aperturista de Cambiemos, hasta llegar al presente. Hoy, la emergencia de Javier Milei introduce una variable disruptiva: un alineamiento que no solo es geopolítico, sino profundamente doctrinario. Al analizar el vínculo actual con la administración de Joe Biden, se observa una paradoja estructural: un gobierno argentino que busca una simbiosis total con el modelo norteamericano mientras Washington observa con cautela la viabilidad institucional de un experimento que desafía los consensos tradicionales de la diplomacia continental. El análisis concluye que estamos ante un nuevo capítulo del «péndulo argentino», donde la política exterior vuelve a ser utilizada como una herramienta de validación interna en un contexto de fragilidad económica extrema.
El Péndulo de la Periferia
Para comprender la actual sintonía —y las fricciones subyacentes— entre el gobierno de Javier Milei y la administración de Joe Biden, resulta imperativo desandar el camino de los últimos cuarenta años. La política exterior argentina no ha sido una política de Estado, sino más bien un reflejo de las crisis domésticas y de las interpretaciones que las élites de turno han tenido sobre el sistema internacional. En 1983, con el retorno de la democracia, Raúl Alfonsín heredó una relación fracturada por la Guerra de Malvinas y el legado de la dictadura. Su enfoque fue el de una «autonomía con dignidad», buscando en Estados Unidos un aliado para la consolidación democrática pero manteniendo distancias en conflictos regionales, como la crisis en Centroamérica. Alfonsín entendía que la democracia argentina necesitaba el aval de Washington, pero se negaba a una subordinación que hipotecara la soberanía política recién recuperada.
Sin embargo, el colapso económico de finales de los ochenta alteró drásticamente esta lógica. La llegada de Carlos Menem en 1989 marcó el inicio de lo que el canciller Guido Di Tella denominó con crudo pragmatismo las «relaciones carnales». Desde una perspectiva sociológica, este periodo representó un intento de «anclaje» al Primer Mundo a través del Consenso de Washington. Argentina no solo desmanteló su programa nuclear y salió del Movimiento de Países No Alineados, sino que envió naves a la Guerra del Golfo, buscando ser el aliado extra-OTAN preferido en la región. Para la sociedad argentina de los noventa, el «uno a uno» y el alineamiento con EE. UU. eran las dos caras de una misma moneda de estabilidad y modernización ficticia que estallaría en 2001.
El siglo XXI trajo consigo el giro a la izquierda y la consolidación del kirchnerismo, que redefinió el vínculo con Washington bajo la premisa de la «autonomía heterodoxa». El hito de la Cumbre de las Américas en Mar del Plata en 2005, con el rechazo al ALCA frente a George W. Bush, simbolizó el divorcio político. Durante los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, la relación se volvió transaccional y, a menudo, conflictiva. La retórica oficial denunciaba el imperialismo mientras, en la práctica, se mantenían ciertos canales de cooperación en seguridad y lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, incidentes como el decomiso del avión militar estadounidense en 2011 enfriaron los lazos a niveles históricos, llevando a la Argentina a buscar refugio geopolítico en potencias emergentes como China y Rusia.
Mauricio Macri intentó, entre 2015 y 2019, un retorno a la «normalidad» internacional. Su relación personal con Donald Trump facilitó un apoyo crucial del FMI, pero este alineamiento no logró traducirse en una lluvia de inversiones ni en una integración comercial profunda. Tras el breve y desdibujado paréntesis de Alberto Fernández, quien osciló entre la necesidad del apoyo de Biden para renegociar la deuda y sus gestos hacia el eje Pekín-Moscú, la irrupción de Javier Milei ha dinamitado todas las convenciones previas.
La llegada de Milei al poder en diciembre de 2023 no representa simplemente un cambio de gobierno, sino una mutación en la ontología del Estado argentino y su proyección exterior. Si Menem buscaba intereses concretos y Macri buscaba prestigio, Milei busca una identidad. Su alineamiento con Estados Unidos es, ante todo, un acto de fe ideológica. Desde el primer día, el presidente argentino ha dejado claro que su brújula geopolítica apunta exclusivamente hacia Washington e Israel, independientemente de quién habite la Casa Blanca. Esta postura es inédita por su carácter absoluto y su desprecio por el pragmatismo tradicional que sugeriría mantener el equilibrio con China, el principal comprador de exportaciones agroindustriales argentinas.
La relación actual con la administración Biden es, por lo tanto, una de las más curiosas de la historia diplomática reciente. Por un lado, Joe Biden encabeza una gestión que defiende el multilateralismo, la agenda climática y los derechos laborales; por el otro, Milei se define como un «anarcocapitalista» que desprecia el Estado y considera la justicia social como una aberración. A pesar de este abismo ideológico, la Casa Blanca ha adoptado una postura de realismo pragmático. Washington ve en Milei un aliado necesario para contener la influencia china en el Atlántico Sur y asegurar el acceso a recursos críticos como el litio y el gas de Vaca Muerta.
Sociológicamente, este vínculo se sostiene sobre una tensión constante entre la «conveniencia estratégica» y la «incompatibilidad de valores». Mientras el embajador Marc Stanley despliega una diplomacia de cercanía, participando en actos culturales y manteniendo un diálogo fluido con el gabinete nacional, los funcionarios de Biden observan con preocupación el estilo confrontativo de Milei hacia las instituciones y la prensa. Existe un temor latente en el Departamento de Estado de que la fragilidad de la paz social en Argentina, sometida a un ajuste económico sin precedentes, pueda derivar en una crisis de gobernabilidad que afecte la estabilidad regional.
Milei, por su parte, ha jugado una carta arriesgada: su cercanía pública con Donald Trump. Su participación en la CPAC y su efusivo saludo al exmandatario republicano pusieron a la diplomacia argentina en una posición delicada frente a la actual administración demócrata. Sin embargo, Milei parece entender la política internacional como una extensión de su batalla cultural contra el «colectivismo». Para él, Estados Unidos es el faro del capitalismo, y su misión es devolver a la Argentina a esa senda, cueste lo que cueste.
En términos económicos, la relación hoy está mediada por el Fondo Monetario Internacional. Argentina es el mayor deudor del organismo, y el apoyo de Estados Unidos es la única garantía de que el país no caiga en un default técnico. El gobierno de Milei ha sobrecumplido las metas fiscales con un celo que ha sorprendido incluso a los técnicos del Fondo, utilizando este rigor como una credencial de confiabilidad ante Washington. No obstante, el gran interrogante es si este alineamiento automático se traducirá en beneficios tangibles para la población o si quedará reducido a una validación retórica para el consumo de su base electoral.
Un punto crítico de la relación actual es la seguridad y la defensa. El anuncio de una base naval conjunta en Ushuaia y la compra de aviones F-16 a Dinamarca, con financiamiento estadounidense, marcan un giro copernicano respecto a la política de defensa de las últimas décadas. Argentina está entregando a Estados Unidos una posición estratégica privilegiada en el acceso a la Antártida y el control de las rutas bioceánicas. Desde la ciencia política, esto se analiza como una «cesión de autonomía» a cambio de seguridad financiera y reconocimiento político, una apuesta que vincula el destino del actual gobierno a los vaivenes de la política doméstica norteamericana.
La percepción pública de este vínculo también ha mutado. Mientras sectores de la clase media y alta ven con optimismo el regreso al «eje occidental», los sectores populares y la oposición política denuncian un retorno a la subordinación colonial. El discurso de Milei, que exalta la libertad individual pero se alinea estrechamente con la agenda de seguridad de una potencia extranjera, crea una disonancia cognitiva que la sociología política deberá estudiar en profundidad. ¿Es posible ser un «outsider» contra el sistema global mientras se busca la bendición del corazón del sistema financiero mundial?
Hacia adelante, el futuro de la relación depende de dos variables inciertas. La primera es la capacidad de Milei de mantener la estabilidad interna. Un colapso social en Argentina invalidaría cualquier ganancia estratégica para Washington. La segunda es el resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Una victoria de Trump podría transformar el actual matrimonio de conveniencia con Biden en una alianza ideológica de extrema derecha, redibujando el mapa de influencias en América Latina.
En conclusión, los cuarenta años de democracia en Argentina muestran un país que aún no ha logrado definir una inserción internacional estable. Javier Milei ha extremado el péndulo, llevando el alineamiento con Estados Unidos a un terreno casi místico. En este juego de espejos, Washington ofrece el apoyo necesario para que el experimento libertario no naufrague, mientras Argentina ofrece su soberanía de recursos y su posición geográfica como prenda de cambio. El éxito o fracaso de este vínculo no se medirá solo en los pasillos de la Casa Blanca o en las oficinas del FMI, sino en la capacidad de este modelo de ofrecer un horizonte de bienestar a una sociedad agotada por las crisis recurrentes. Por ahora, el vínculo Milei-Biden es un diálogo entre dos mundos que no se comprenden del todo, pero que se necesitan mutuamente para navegar la incertidumbre de un orden mundial en transición. La historia nos enseña que los alineamientos basados en la urgencia económica suelen ser tan intensos como efímeros; queda por ver si esta vez la Argentina logrará romper el ciclo del péndulo o si quedará, una vez más, atrapada en las redes de una periferia dependiente.
























